Había una vez… Del juzgar

la-aurora-servicio-exequial-28-sept-10-2015

Había una vez unos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba cerca de la orilla. Era joven y atractiva.-¿Qué sucede? –le preguntó el más anciano.-Mi madre se muere. Ella está sola en casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intenté, pero la corriente me arrastra. Pensé que no la volvería a ver con vida, pero ahora que aparecisteis, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar.

-Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven- Pero la única manera de ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Lo siento.-Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.

El monje más viejo se arrodillo, bajó la cabeza y dijo: -Sube.

La mujer tomó el atadito con ropa y montó a horcajadas sobre el monje. Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro joven. Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje.

-Está bien, está bien –dijo el viejo retirando las manos –sigue tu camino.

Los monjes sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio. Poco antes de llegar el joven le dijo al anciano:

-Maestro vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella bella mujer todo lo ancho del río.

– El maestro respondió, yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué te pasa a ti, que todavía la traes contigo?. Tomado de “Recuentos para Damián”, de Jorge Bucay

Esta, es una historia que invita a pensar en la habilidad que a veces se tiene para juzgar e interpretar las acciones de los demás, desde los sentimientos personales, patrón de conducta que impide ponerse en los zapatos del otro y por qué esa persona actuó de determinada manera, lo fácil es tejer historias que muchas veces están alejadas de la realidad, y que originan conflictos, distorsiones y discusiones sin necesidad.

Un hecho simple de amabilidad y cortesía, puede ser mirado como un acto de seducción y coquetería. Mientras el maestro responde a la solicitud de ayuda, el alumno le da vueltas y vueltas a la escena, transformando la realidad, colocando en su lugar su opinión, e interpretación. El juzgar a veces se justifica a través de los,”que fue que”,…..que fue que, le juzgué porque le amo, porque me importa y mientras tanto se puede estar ofendiendo y generando enfados. ¿Qué carga usted, que le amarga su vida?

¿Con cuánta frecuencia juzga usted a los demás?. ¿Se da cuenta usted del daño que hace cuando juzga?. ¿Se da cuenta usted del daño que se hace cuando juzga?

¿Cuántas personas ha alejado usted de su vida por juzgar?

Despojarnos de los prejuicios, es una tarea de embellecimiento emocional, que invita a esclarecer la visión, optimizar la comunicación y desarrollar la comprensión y la aceptación.

 

Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga)
fannybernalorozco@hotmail.com
Tomado de la columna dominical: Había una vez. Diario La Patria. Abril 29 de 2007.

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