“Cuando las horas del crepúsculo ensombrecen mi vida,
no te pido que me hables amigo mío,
sino que me tiendas tu mano.
Déjame tenerla, y sentirla en el vacío
cada vez más grande
de mi soledad”
(Rabindranath Tagore)
“Cualquier día de esos en los que se anda sin prisa, comencé a darme cuenta cómo le estaba cambiando el cuerpo, de ese cuerpo erguido ya solo quedaba el recuerdo, caminaba con dificultad, saludaba con esfuerzo y sus palabras se escuchaban diferentes. Antes de que la enfermedad llegara, siempre tenía la respuesta apropiada, defendía con ahínco sus creencias, no importaba el escenario, sus conversaciones, anécdotas y teorías fueron nutriendo su imagen.
Sabía de muchos temas, cuando tenía la palabra, se le escuchaba con respeto, ese respeto que se obtiene a partir de tejer con diversos hilos la urdimbre de la experiencia. Era de extremos, y aunque su risa era franca y contagiosa, cuando algo no le salía bien el mundo a su alrededor temblaba.
Algunas personas comentan por ahí que vivió como dice la canción, “a su manera”, y cuando se proponía a hacer algo, como sacar un proyecto adelante, nadie le ganaba, su confianza y tenacidad eran sus herramientas indispensables.
Cuando la enfermedad se hizo evidente, casi visible, pensó en luchar. Hubo dudas, incertidumbres, miedos; mirarse al espejo era una tortura, es que ya no se reconocía en él, ese, su cuerpo estaba habitado por un inquilino que hacía mucho daño y que poco reaccionaba a los diferentes tratamientos.
Mirar sus ojos, era encontrarse con soledad, cansancio y sufrimiento, y ante algún chiste flojo para ahuyentar el miedo, el esfuerzo por sonreír se transformaba en una mueca de dolor que daba pena, poco a poco comprendí que la enfermedad había llegado acompañada de la muerte…”.
Testimonio de un amigo.
La enfermedad y muerte de los amigos, nos pone de frente con nuestra propia fragilidad y finitud, nos hace sentir de manera dramática la soledad y la ausencia, casi nos señala el camino que nos falta por recorrer.
Hay amistades que son trascendentales en la vida de un ser humano, tener amigos es tan importante como ser buen amigo, y en el momento de la enfermedad, de la pérdida o de la muerte, es interesante reflexionar sobre algunas preguntas:
¿Qué clase de amigo soy? ¿Quizás solo ocasional? Las personas que son mis amigos, ¿pueden contar conmigo? ¿Sólo me encuentro con los amigos en los momentos agradables? ¿Le huyo al dolor y saco excusas para no acompañar? ¿Detesto visitar a mis amigos cuando están enfermos? ¿Les mando razones con otros conocidos, para disimular el miedo o la falta de generosidad?
El duelo por la muerte de los amigos puede ser tan fuerte, como lo es el fallecimiento de un familiar; con el amigo se tejen historias que contienen intimidades emocionales que no se comparten fácilmente con los miembros de la familia, los amigos son columnas de apoyo a las que acudimos varias veces para recostarnos, los amigos son refugio; con ellos o debido a ellos nos sentimos con fuerzas para escalar montañas y cruzar cantidad de puentes.
Llorar la muerte de un amigo, sentir su ausencia, quejarse del vacío, son emociones y sentimientos imperiosos de expresar; cuando de regreso a casa nos cercioramos de que ya no está, y entendemos que poco a poco tenemos que seguir, aunque a veces nos sintamos como un barco a la deriva.
Un aprendizaje importante luego de la muerte de un amigo, es que no se le pueden poner tantas excusas al compartir y al dar afecto. El tiempo es corto cuando se trata de acompañar el tránsito de la enfermedad hacia la muerte; hay gestos y palabras que no se pueden aplazar. Esto significa que hay momentos en los cuales el afecto y la compañía deben ser incondicionales.
La muerte de los amigos nos invita a valorar de manera especial la vida, a agradecer las diferentes relaciones y experiencias tejidas a lo largo de la vida, a no quejarnos tanto por cosas simples y hasta tontas, a dejar de juzgar lo que hacen los demás, a vivir con más responsabilidad, en fin, hacer más humana la existencia. Finalmente, la muerte no acaba con el afecto, ni con los recuerdos, éstos tienen la posibilidad de mantenerse mientras exista la memoria.


