Habia una vez… La muerte al comienzo de la vida

Llevamos cuatro años y medio de casados, y desde el principio mi esposo y yo teníamos claro que queríamos tener hijos, tal vez dos o tres, y aunque nos cuidamos por un tiempo mientras íbamos amoblando la casa, por ahí al año, ya queríamos comenzar a buscar un embarazo; fueron momentos bellos y dolorosos.

Cada mes yo me llenaba de esperanzas y mi marido también; decíamos: —esta vez sí saldrá la prueba positiva… Y fueron pasando los meses y nada que se hacía realidad ese sueño.
Luego, unos amigos nos dijeron que intentáramos hacer un tratamiento y fuimos a varias partes, incluso a otra ciudad para oír diferentes conceptos, ni que decir que los ahorros los invertimos todos en ello. Lo peor era que ya los amigos preguntaban y preguntaban, que qué pasaba y hasta hacían chistes que nos dolían, yo creo que se burlaban y nosotros nos sentíamos muy solos. Al año y medio de estar en el tratamiento quedé por fin en embarazo; nunca nos habíamos sentido tan felices. La familia toda se unió en una gran celebración. Aunque ya teníamos sobrinos, este embarazo era especial, por haber sido tan anhelado. Nosotros creíamos que todo era como un maravilloso milagro. Yo me sentía afortunada, hice todo lo que tenía que hacer, seguí trabajando y fui a todos los controles de manera rigurosa y disciplinada. Mí mamá venía con frecuencia a la casa para acompañarme y cuando ya estaba más gordita y me faltaban unos días para el nacimiento, pedí unos días en la fábrica, que me debían de compensatorios y me quedé mimando mi bebé, yo le hablaba todo el tiempo y le ponía música.
Llegó el día del nacimiento. Todos los exámenes que me habían hecho salieron bien, yo me sentía muy mal. Todo pasó tan rápido, era un niño y lo llevaron a la incubadora y lo conectaron a muchos aparatos. Todos los que venían a verme decían cosas distintas; mi marido lloraba, mi mamá no era capaz de esconder el dolor. Yo estaba en esa cama impotente. El niño murió al otro día; de eso ya hace un mes y desde ese momento mi vida se acabó, pasarme esto a mí, a nosotros, que buscamos con tanta fe y amor este hijo, y en la calle tantos niños que son abandonados; me parece que es una injusticia. Ya no creo en nada, ni en nadie, solo se que perdí a mi hijo”.

Historia de vida – Narrativa de una sobreviviente.

 

La muerte de un bebé que se ha buscado con tanta esperanza es una pérdida difícil de reparar, tantas ilusiones que se rompen y demasiadas preguntas que no tienen una respuesta lógica. ¿Cómo aceptar una complicación, cuando todo iba tan bien? ¿Sería que no hubo apoyo de profesionales en el parto? ¿Tal vez hubo algo inadecuado y por eso se murió? ¿Cómo escuchar el llanto de los demás niños, sin que produzca rabia y desolación? ¿Cómo recibir visitas de personas que hacen preguntas imprudentes? ¿Qué hacer con las pertenencias del bebé?
Es necesario tener presente que los niveles de estrés en estos momentos son muy fuertes y que no se ha perdido solo el bebé, ahí se van sumando muchas pérdidas: las ilusiones, los sueños, los nuevos roles, y esto significa que se debe prestar especial atención a cada uno de los síntomas que van emergiendo, dolor, miedo, rabia, culpa, dificultad para expresar las emociones, irritabilidad con la pareja, deseos de aislarse, de buscar la soledad. Como pareja o como familia es muy importante tener claro que los umbrales del dolor de cada ser humano son diferentes y además que los recursos internos con los que se cuenta, también son individuales, así que, si se quiere acompañar de corazón a vivir este duelo, se tendrán que respetar los ritmos, sin comparar ni juzgar; con frecuencia se escuchan frases como: “Eres muy afortunada, Dios necesitaba un angelito en el cielo”, “Quién sabe de qué cosa terrible se salvó en esta vida”, “Tú estás muy joven y puedes tener muchos más”. Cuando se habla de acompañar, es precisamente apoyar sin minimizar la pérdida, es dejar que el dolor sea el dolor, estas palabras huecas que pretenden explicar la pérdida son irrespetuosas y poco consideradas frente a la aflicción y a la sensación de despojo que se siente en momentos como estos.
La pérdida de un hijo carece de denominación en el mundo social, en otros duelos, se es viudo o huérfano, mientras que el duelo por los hijos no tiene nombre. De igual manera, en aras al desconocimiento de este dolor se cometen maltratos, por ejemplo, en el medio laboral, con alguna frecuencia se le concede más importancia a otros eventos que a estas pérdidas, tanto es así, que se espera el mismo rendimiento.
Finalmente, hay que sanar la relación con el hijo muerto y esto se logra a través de la expresión del amor y del perdón, pasos fundamentales en la tarea de recuperación.

Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga) fannybernalorozco@hotmail.com
Artículo extraído de La Patria. Profesora Titular Universidad de Manizales.

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