Había una vez… Tu voz

“Dos abuelos. Cuarenta años de convivencia fecunda y fiel. Se conocían lo suficiente como para darse todavía la sorpresa de un malentendido. Era justo lo que había sucedido esa mañana. El abuelo era un hombre jovial y bastante espontáneo. Impetuoso en sus reacciones, solía hablar demasiado cuando decía sus verdades. La abuela, en cambio, era más paciente, pero también de reacciones más lentas.

Por eso aquel cruce de palabras que la habían ofendido la llevó a su respuesta habitual: El mutismo.
El recurso del silencio suele ser frecuente en personas que están obligadas a una convivencia muy cercana, sobre todo cuando no existe la posibilidad de escapar a través del grupo. Y estos dos abuelos pasaban, la gran parte de la semana solos, porque sus tres hijos, casados, no vivían en el mismo pueblo y los encuentros solían darse los fines de semana, y esto sucedía un miércoles. La discusión había ocurrido por la mañana. Así que se almorzó y comió en silencio.
Al abuelo ya se le había pasado el mal rato, pero eso no era lo que pensaba la abuela, por tanto había que encontrar la forma de hacerla hablar, sin que ello significara capitulaciones de ninguno de los dos, ya que el asunto que los había distanciado era intrascendente y no valía la pena volver sobre ello.
Cuando ya se iban a acostar, al abuelo se le ocurrió una idea: Se levantó con cara de preocupación y abriendo uno de los cajones de la cómoda, se puso a buscar afanosamente en él. Sacaba la ropa y la tiraba sobre la cama. Después de haber vaciado ese cajón, lo cerró con fuerza y se puso a hacer eso mismo con el siguiente. Cuando ya se decidía a hacer lo mismo con el tercero, la abuela rompió el silencio y preguntó, entre enojada y preocupada:
—¿Se puede saber que diablos estás buscando? —A lo que contestó su marido con una sonrisa—:
—¡Si! Ya lo encontré: tu voz, querida”.

Autor desconocido, Tomado del libro: “Más cuentos con Alma”, por Rosario Gómez, Editorial Gaia Madrid, 2008, Pag, 264

 

¿Es el silencio una forma de comunicación? Quizás para algunas personas el silencio es una manera rápida y cómoda de salirse de una situación estresante y molesta, también puede hacer parte de un estilo de vida, a través del cual se dan respuestas a múltiples sucesos cotidianos, así no haya claridad frente a lo sucedido; no por haber aprendido a hablar, hemos aprendido a comunicarnos.

Hay palabras que al pronunciarlas nos alejan de amigos o seres queridos, mientras otras nos acercan y ayudan a fortalecer las relaciones. Se hacen evidentes en estos intercambios comunicativos, algunas actitudes personales y particulares, que van desde la prudencia, hasta la habilidad para inhibir respuestas impulsivas y agresivas.
La mayoría de los actos humanos están signados por la comunicación, sin embargo, que esta sea una tarea exitosa es fruto de todo un proceso de aprendizaje que involucra valores, actitudes, capacidades, hábitos, emociones, pensamientos, creencias y además las enseñanzas de las experiencias previas.
La historia de hoy, es un claro ejemplo, de cómo el mutismo en algunas oportunidades genera tensión y distancia emocional; silencios prolongados y dolorosos, impiden conectarse y comprender el cómo se está sintiendo la otra persona y puede inclusive dar origen a resentimientos y conflictos en las relaciones afectivas.

  • ¿A usted que le generan las respuestas de silencio?
  • ¿Considera que el silencio, es una respuesta prudente, o que hiere?
  • ¿Sabe interpretar los silencios?
  • ¿El mutismo le aumenta la rabia y la frustración?

Una comunicación autentica y asertiva, es delicada y respetuosa, tiene en cuenta a quien escucha, y sabe que hay límites que por más sensación de molestia o de rabia, no se pueden trasgredir. Hay relaciones de parejas, amigos, familiares, compañeros, que se han roto por un malentendido, al cual no se le invirtió tiempo para explicar emociones, ni sentimientos, cada uno se quedó en su orilla, quizás esperando una reacción de acercamiento de la otra persona, acercamiento que nunca sucedió.
Es triste, que para algunos seres humanos, sea más importante la rabia, que el amor o la serenidad, y que además consideren que pierden su poder personal, si aceptan que se equivocaron. Sensato sería actuar como el abuelo de este cuento, que no solo minimiza lo sucedido, sino que le coloca una buena dosis de humor.
¿Qué actitud asume usted?

Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga) fannybernalorozco@hotmail.com
Artículo extraído de La Patria. Profesora Titular Universidad de Manizales.

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