Caminaba distraídamente por la calle cuando la vio. Era una enorme y hermosa montaña de oro. El sol le daba de lleno y al rozar su superficie reflejaba tornasoles multicolores, que la hacían parecer un personaje galáctico salido de una película de Spilberg. Se quedó un rato mirándola como hipnotizado. -¿Tendrá dueño? –pensó. Miró para todos lados, pero nadie estaba a la vista.
Al fin, se acercó y la tocó. Estaba tibia. Pasando los dedos por su superficie, le pareció que su suavidad era la correspondencia táctil perfecta de su luminosidad y de su belleza.
-La quiero para mí –pensó. Muy suavemente la levantó y comenzó a caminar con ella en brazos, hacia las afueras de la ciudad. Fascinado, entró lentamente en el bosque y se dirigió al claro. Allí, bajo el sol de la tarde, la colocó con cuidado en el pasto y se sentó a contemplarla. -Es la primera vez que tengo algo tan valioso que es mío.
¡Solo mío! –pensaron- los dos simultáneamente.
-Cuando poseemos algo y nos esclavizamos en dependencia de ese algo, ¿quién tiene a quien?
Tomado de “Recuentos para Damián”, de Jorge Bucay
Algunas veces la vida, está acompañada de ilusiones que son importantes para seguir por la senda que nos hemos propuesto, no obstante, algunas de ellas son fugaces y etéreas, están alimentadas por el deseo y el apego, emociones que pueden satisfacer por momentos, pero que pueden hacer mucho daño, si consideramos que sin ellas, la vida carece de sentido.
Adquirir y conservar son verbos que al conjugarlos pueden causar alegría, felicidad y también dolor y ansiedad. Para los budistas el apego es el principio del sufrimiento, un sufrimiento que quita la libertad y que encadena.
Las dependencias en las relaciones afectivas, esconden el miedo y la inseguridad para afrontar la vida, a través de la máscara del bienestar y del placer, pautas de comportamiento que en algunos casos son autodestructivas, y que impiden ver y sentir con claridad.
Se puede analizar la lectura a partir de las siguientes preguntas:
¿Son las personas cosas, que le puedan pertenecer a alguien?
¿Quién le pertenece?
¿Los hijos, la pareja, los padres, los amigos?
¿Si no fueran “suyos”, les seguiría amando?
¿Usted a quién le pertenece?
¿Ha sido feliz con sus posesiones afectivas?
Mantener el contacto con el mundo interior y conocer y desarrollar los recursos necesarios para construir relaciones auténticas, dónde se invierta tiempo en cultivar el respeto por las diferencias, la responsabilidad para renovar y trascender el miedo y cultivar la autoestima, son acciones imprescindibles que conducen a desarmar las trampas que generan el apego y las posesiones.
Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga)fannybernalorozco@hotmail.com


