A mi abuelo aquel día lo vi distinto, Tenía la mirada distante, casi ausente. Tal vez presentía que era el último día de su vida. Me aproximé y le dije:
—¡Buenos días, abuelo! Y contestó:
—¿Inventario? —pregunté sorprendido—.
—¡hoy es un día de inventario!
—Sí, el inventario de tantas cosas perdidas. Siempre quise hacer muchas cosas y luego nunca las hice por no tener la voluntad para sobreponerme a mi pereza. Recuerdo aquella chica que amé en silencio durante cuatro años. También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a otros por no tener el valor necesario para hablar. También me acuerdo de que en ciertas ocasiones me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que he dicho a tu abuela que la quiero. Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas.
—Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo
—Y continuó: ¿Sabes cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?
—No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal. Me miró con afecto y me dijo:
—Pienso que el pecado más grave en la vida de un ser humano es el de la omisión. Y lo más doloroso, es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.
Mi abuelo murió aquella misma tarde. Al día siguiente, después del entierro, regresé a casa para hacer con calma mi propio “inventario” de las cosas perdidas, de las cosas no dichas, del afecto no manifestado y empezar a ponerle remedio.
Del libro Aplícate el cuento de Jaume Soler, M. Mercé Conangla. Ed. Amat. Barcelona 2004. Cuento El Inventario de las cosas perdidas. Pág 100.
Igual que el abuelo de esta historia, muchos seres humanos, tenemos cosas perdidas, historias inconclusas y asuntos pendientes, que no hemos afrontado. Se puede tornar doloroso el final de la vida cuando mirando hacia atrás, hacemos conciencia de que ha sido más fuerte la pereza que la voluntad, y de que hemos dejado de vivir nuevas experiencias y otros aprendizajes por el miedo a correr riesgos, a expresar el afecto.
Quizás de esta historia, lo doloroso es que al asumir ciertas actitudes de vida —inadecuadas— no solo nos negamos la posibilidad de vivir momentos mejores, sino que también se la negamos a quienes están a nuestro alrededor.
Este abuelo tuvo el privilegio de hacer su inventario, de compartir con su nieto, la nostalgia y la culpa por sus omisiones, además de prepararlo, con ese ritual de despedida para asumir la vida con coraje y sin miedo a los desafíos.
¿Ha hecho usted inventarios de su vida?
¿Qué asuntos tiene pendientes por resolver?
¿Qué deudas emocionales tiene con sus seres queridos?
¿Qué oportunidades ha dejado pasar?
¿Qué tanta falta se hace usted?
¿Qué le apasiona a usted hoy?
¿Qué cosas nuevas quiere empezar?
¿Qué le causa arrepentimiento?
Si estamos dispuestos, cada día puede ser un día especial; no contamos sino con el tiempo presente. Es importante hacer la siguiente reflexión: si en la vida diaria tenemos tiempo hasta para morir, ¿por qué será que no tenemos tiempo, cuando estamos vivos, para resolver tantos asuntos inconclusos?

