Cuentan que había una vez un viejo que había trabajado toda la vida para llevar adelante una granja y con ella mantener a su familia. Después de laborar tantos años labrando la tierra y luchando para dar de comer a su familia, un día el hombre pensó que ya era el momento de no trabajar más, de sentarse en el porche de su casa a contemplar el universo.
Como tenía un hijo sano y fuerte, a su vez con hijos, pensó que podía delegar en él las responsabilidades y dedicar los años que le quedaban a mirar la vida desde el sillón. Al principio, el hijo se sintió orgulloso de ser, por fin, amo de su propia granja, pero cuando fueron pasando los meses de yugo en el campo, comenzó a tomar a mal la actividad de su papá. El viejo se sentaba en la puerta hamacaba a los nietos sobre sus rodillas, mientras, el tenía que trabajar el día entero. El rencor se apoderó de la mente de su hijo, para quien el padre era solo una boca más que alimentar. -“yo ahora tengo que preocuparme por mi mujer y mis hijos-se decía-.El viejo no entiende. Se queda ahí sentado sin hacer nada. No importa lo que haya pasado antes. Este trabajo es muy duro y no quiero tener que cargar más con él-. Así fue acumulando resentimiento en su interior, hasta que en la época de la cosecha llegó a la conclusión de que no quería compartir el alimento con “ese viejo inútil que está en la puerta” Quería todo para sí y su familia. Creo que le llegó ya la hora, no tiene porque estar más aquí. Entonces fabricó un inmenso cajón de madera y ordenó en tono perentorio al papá que se metiera allí, el viejo sin decir nada se introdujo en el cajón, el hijo bajó la tapa y trancó. Llevó el cajón hasta un acantilado y cuando ya estaba por arrojarlo, oyó unos golpecitos desde dentro: ¿Qué quieres?, preguntó de mala manera. El padre le dijo: Mira hijo, yo te comprendo. Creo que vas a desprenderte de mí, porque me consideras un viejo inservible. Pero si lo que quieres es arrojarme por el acantilado, yo en tu lugar me sacaría de aquí y arrojaría solo mi cuerpo. Te conviene conservar el cajón, ¡por si acaso algún día tus hijos le encuentran utilidad!”
Del libro ¿Quién muere? de Estephan Levine. Ed. Era Naciente. Argentina 1997. Pág. 104.
“Morir es trasladarse a una casa más bella, se trata sencillamente de abandonar el cuerpo físico, como la mariposa abandona su capullo de seda” Elisabeth Kubler Ross.
Hay muchas maneras de acompañar a un ser querido a morir, eso depende de varios factores, por ejemplo, el amor que se haya tejido con esa persona, la sensibilidad para asumir esos momentos, la conexión espiritual que se haya creado durante la historia compartida, también puede suceder que éste sea el momento para la indiferencia y los reclamos, para dejar que afloren los miedos y las culpas, quizás para que por la mente desfilen los recuerdos de situaciones de dolor y de rabia, que como viejos fantasmas aparecen sembrando desasosiego.
Esto quiere decir que la actitud que se asume para acompañar a morir, es individual y particular, así como también lo es, la manera como se responde ante la muerte, juegan allí un papel importante las creencias y el conocimiento que se tiene para vivir estos momentos sagrados con respeto y compasión. Esto significa además, que para acompañar a morir se debe tener una actitud consciente y alerta para brindar confianza y seguridad, no solo a quién está comenzando su transito final, sino además para los dolientes que esperan y cuyas emociones danzan entre el dolor, la esperanza y la aceptación.
Y en cuanto a las emociones es muy importante tener claro cuáles son los miedos, y si se tiene la oportunidad, expresarlos con alguien cercano, así como tener consideración en todo momento con el enfermo con actitudes de ternura y devoción, también es necesario soltarse a la experiencia, es decir, no asumir resistencias, ya que éstas originan más dolor y sufrimiento.
La muerte de un ser querido es uno de los grandes dolores que se puedan sentir e indudablemente es un gran aprendizaje, si se quiere, tanto la enfermedad, como la muerte, son de las asignaturas más difíciles de pasar en esta escuela que es la vida.
Cuando muere alguien que amamos, es como si nos despojaran de una parte de nosotros, como si se rompieran de un tajo, ideas, pensamientos, afectos, ilusiones, esperanzas, y solo queda la realidad desnuda, esa de la que no se puede huir, ni disfrazar, ni mentir, esa es la muerte….
La historia de hoy nos invita a pensar, que la intención de este hijo con su padre es cruel, se dejó llevar por la rabia y el cansancio, en ningún momento abrió su corazón, para disfrutar de la compañía de éste; esa es la actitud que asumen en algunas familias, los condenan a la soledad y al silencio y no se dan cuenta de que se están negando una maravillosa experiencia que comienza por ser generosos en el perdón y en la gratitud, y que convierte los actos de cuidado, en rituales de sanación emocional y espiritual, esa es la mejor manera de empezar un duelo, dar lo mejor, sin límites, sin horarios, y lo más importante sin esperar nada a cambio.
Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga) fannybernalorozco@hotmail.com

