Parece que, de alguna forma, fue tu culpa. Tú estabas ahí. Viste todo lo que pasaba. En tu retrospectiva perfecta destacan multitud de cosas que habrías hecho de manera diferente. Pero todos los sucesos requieren muchos factores convergentes para producirse. Por ejemplo, podrían haber detectado antes el tumor, pero no nos pasamos la vida buscando enfermedades.

Es lo mismo cuando se produce un accidente. Suele haber participado más de un factor.

Aún así, tú eres quien permanece en la estela de la pena, viendo el pasado como algo que hiciste mal. Sí, tu ser querido podría haber ido antes al médico. Podría haberse pasado la vida yendo cada día, pero eso no habría sido vivir. Y si hubiera ido con más frecuencia, es posible que la enfermedad tampoco hubiera sido diagnosticada a tiempo. Podría haber llevado una mejor alimentación, haber hecho más ejercicio. Podrías haberle animado, ayudado, incluso obligado.

La triste realidad es que, a pesar de todos los esfuerzos, todos morimos algún día, normalmente antes de lo que nos gustaría. Hacemos cosas con la esperanza de que nos alarguen la vida, pero no con la fantasía de que nos ayudarán a escapar de la muerte cuando nos llegue la hora.

Todos tenemos esto claro si pensamos con objetividad, pero seguimos preguntándonos: “¿Por qué ha ido todo tan mal?”. Pensamos que tiene que haber sido culpa de alguien, y la culpa es algo que debemos examinar para encontrar paz.

Las cosas malas también suceden: enfermedades, accidentes, delitos… aunque deseemos evitarlas. Pero la verdad es que la vida es arriesgada y peligrosa, y nosotros somos la única especie de la Tierra que sabemos que, por mucho que la temamos, la muerte nos llegará a todos un día u otro.

La pena es el resultado inevitable de circunstancias más allá de nuestro control, y eso siempre es algo difícil con lo que vivir. La pérdida podría seguir ahí aunque lo hicieras lo mejor que pudieras, y la culpa es algo inútil porque no refleja de forma exacta la verdad sobre lo que sucedió. La muerte es inevitable y, en la mayoría de los casos, nadie es el culpable.

Tenemos que entender que los sucesos trágicos suceden con más frecuencia de lo que nos gustaría, y no es culpa de nadie. Ninguno de nosotros sabe por qué alguien muere y otro sobrevive; tales preguntas conducen a una situación mezcla de culpa y responsabilidad, a menudo llamada “la culpa del superviviente”. Pero este tipo de culpa no posee ninguna base lógica.

La verdadera pregunta es la siguiente: Si has sido salvado para vivir, ¿estás viviendo? Somos responsables de nuestra salud pero no somos culpables de nuestras muertes.

Tomado del libro “Sobre el Duelo y el Dolor” de Elisabeth Kübler-Ross (2006)

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