“Vivía en Bagdad un comerciante  llamado Zaguir. Hombre culto y juiciosa tenía un joven sirviente, Ahmed, a quién apreciaba mucho.

Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado de tenderete en tenderete, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor lo ocurrido y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, dónde tenía unos parientes, para de ese modo escapar de la muerte.

Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra y se despidió diciéndole que si forzaba un poco la montura podría llegar a Samarra esa misma noche.

Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la muerte paseando por los bazares.

-¿Por qué has asustado a mi sirviente?- preguntó a la muerte- tarde o temprano te lo has de llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.

-No era mi intención asustarlo –se excusó ella-, pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.”

Cuento Derviche- tomado de: El libro de frases de Integral. Ed. Integral. Barcelona 1994 Pág. 142.

El solo hecho de estar vivos nos pone en el camino de la muerte; vida y muerte están relacionadas, sin embargo a pesar de la certeza de ésta, es poco el tiempo que invertimos en pensar en este momento y menos aún en aligerar el equipaje para cuando nos llegue la hora de morir.

El dolor por la muerte de los seres queridos, o la propia, se viste de diversas formas, se disfraza, se enmascara, unos días se cubre de rabia, otros de culpa, miedo, duda, abandono o negación, en otras ocasiones se reviste de aceptación y aprendizaje a pesar de la aflicción.

Uno de los dolores más grandes que se siente con la muerte, es cuando se van soltando  ataduras y desanudando los lazos, del mundo que venimos ido creando a lo largo de nuestras vidas, entre ellos los vínculos afectivos, con los seres que nos son importantes, que nos han generado seguridad y apoyo.

En los instantes de dolor, muchas personas derrotan las resistencias y se abren a nuevas experiencias espirituales y emocionales, que les permiten sanar sus relaciones y asumir el duelo con paz y serenidad.

En nuestra cultura no se nos ha enseñado que la muerte está ahí, no importa si huimos de ella, en avión, en carro, a caballo; disimular su evidencia nos aleja de de la posibilidad de darle un mayor sentido a nuestras vidas.
¿Qué le llega a su memoria emocional, con este tema?
¿Disfraza usted sus dolores?
¿Sus prisas cotidianas, le satisfacen?
¿Si supiera que la muerte lo está esperando en algún lugar, que haría?
¿Le gustaría ser inmortal?
¿Para que?
¿Si tuviera más tiempo que haría?
¿Mientras tanto, que se le ocurre sanar?

Cuantas personas que ignoran la muerte, se escapan de vivir, de facilitarse la oportunidad de darle un nuevo rumbo a su existencia.

Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga) Fannybernalorozco@hotmail.com
Tomado de la columna “Había una vez” diario La Patria.
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