la-aurora-asuntos-pendientes-y-duelo-II

“Don Luis era ya un anciano cuando murió su esposa, había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia. Su mayor deseo era ver a su hijo convertido en un hombre de bien, ya que para lograrlo dedicó su vida y su escasa fortuna. A los 80 años don Luis se encontraba solo y lleno de recuerdos. Esperaba que su hijo, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que éste apareciera.

Decidió por primera vez en su vida pedirle un favor a su hijo. Don Luis tocó la puerta de la casa donde vivía su hijo con su familia. -¡Hola papá! ¡qué milagro que vienes por aquí! -Ya sabes que no me gusta molestarte, pero me siento muy solo, estoy cansado y viejo. -Pues a nosotros nos da mucho gusto que vengas a visitarnos, ya sabes que esta es tu casa. -Gracias hijo, sabía que podía contar contigo, pero temía ser un estorbo, entonces no te molestaría que me quedara a vivir con ustedes. -¿Quedarte a vivir aquí? Si claro pero no se si estarás a gusto, tu sabes, la casa es muy chica. -Mira hijo si te causo muchas molestias olvídalo, no te preocupes por mi, alguien me tenderá la mano. -No padre, no es eso, solo que no se me ocurre dónde podrías dormir. No puedo sacar a nadie de su cuarto; mis hijos no me lo perdonarían, solo que no te moleste dormir en el patio. -Dormir en el patio, está bien. El hijo de don Luis llamó a su hijo Fernando de 14 años. -Mira tu abuelo se quedará a vivir con nosotros, tráele una cobija para que se tape en la noche. -¿Y dónde va dormir? -En el patio, no quiere que nos incomodemos por su culpa. Fernando subió por una cobija, tomó unas tijeras y cortó la cobija en dos. Su padre le  preguntó -¿Por qué cortas la manta de tu abuelo? -Papá, estaba pensando en guardar la mitad de la cobija para cuando tú seas el  viejo y vayas a dormir a mi casa.” Tomado del libro Espejos, compilación de Carlos Eduardo Orozco

Una vez oí decir a alguien, que unos padres buenos pueden criar y acompañar a muchos hijos, sin embargo en algunas familias, por muchos hijos que se hayan tenido, éstos no acompañan a sus padres, existen desmedidas excusas para ello: Demasiado trabajo, cansancio, estrés, falta de tiempo, la pareja no permite, los amigos son primero, algunos más afirman que son muy sensibles (¿) para ver la vejez y la enfermedad de su ser querido.

Atrás han quedado las vivencias, los recuerdos, de un padre enseñando a anudar los zapatos, a dar los primeros pasos, a jugar al fútbol, o acompañando en los momentos de frustración, lejano está el aroma de las comidas preparadas por mamá, las caricias, la risa, las lágrimas, los regaños, las hábiles manos masajeando trás una caída o un golpe.

La vejez  trae consigo un sinnúmero de pérdidas sucesivas, se pierde la salud, se van muriendo los amigos, y en muchos casos la familia cercana se desentiende, es doloroso sumar a éstas el abandono afectivo y la indiferencia. ¿Le invito a que cierre los ojos y traiga a su memoria, los momentos que las manos amorosas de su madre, o de su padre le sanaron?. ¿Recuerda con qué devoción, amor y entrega le acompañaban cuando estaba enfermo. Hay muertos que no enterramos, porque el recuerdo y el amor no nos lo permiten y vivos que sin funeral, ya hemos condenado al olvido.

No se tienen padres, sino una sola vez…

 

Escrito por Fanny Bernal Orozco (Psicóloga)
fannybernalorozco@hotmail.com
Tomado de la columna dominical: Había una vez. Diario La Patria. Febrero 25 de 2007.
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