Las tragedias siempre son absurdas, y por absurdas difíciles de entender y asimilar, más aún cuando llegan de golpe y sin avisar quiebran de manera brutal la historia de familias, parejas, vecinos, una ciudad. A pesar del esfuerzo que se pueda desplegar para comprender tanto dolor, el impacto es tan grande que tarda un buen tiempo adaptarse a tantas muertes y tan fuerte sufrimiento.

Los seres humanos que sobreviven en una tragedia, tienen infinidad de preguntas y ninguna respuesta, no se sienten despojados solo de sus seres queridos, ¡no!, la muerte llega acompañada de otras pérdidas: pérdida de ilusiones, de proyectos cercanos, de encuentros familiares, económicos, sociales, de objetos ligados a historias afectivas.

Miedo, dolor, desconsuelo, incertidumbre, rabia, culpa, son emociones que danzan de forma insistente y sin sosiego en la mente de quiénes han quedado vivos. Y a pesar de que en algunos momentos de descanso, al despertar se crea que ha sido una pesadilla, lo cierto es que la muerte es irreversible, no permite dar marcha atrás, ni hacer cambios en los acontecimientos, así se desee fervientemente otro final.

La muerte de los seres queridos, nos pone de cara a la soledad, y nos hace sentir lo frágiles que somos, nos invita a pensar y a reflexionar sobre la importancia del afecto y del tiempo invertido en las relaciones. Y a veces si queremos podemos ir más allá y tal vez nos damos cuenta, que quizás algunas veces hemos dejado ir momentos maravillosos sin haber dado lo mejor de nosotros.

Cuando se esta en duelo, hay varias tareas por realizar: Expresar y reconocer el dolor, no es más fuerte quien se guarda todas sus emociones, sino quien se da el espacio para hablar de cómo se siente, llorar, quejarse, gritar y también de solicitar ayuda si es necesario. Entre más se enmascare el dolor, el tiempo de recuperación puede ser más largo, hacer real la pérdida es una labor que requiere paciencia, a pesar del alto nivel de estrés y de agotamiento físico y emocional.

Tantos nidos vacios, hacen más compleja esta experiencia, cada persona muerta esta unida a los vivos a través de hilos afectivos diferentes, cada historia, cada anécdota, es distinta y por ello también los sentimientos de dolor, cada pérdida esta signada por recuerdos únicos, por lo tanto los significados son también individuales.

Esto significa que el mundo de los que quedan vivos tiene inmensas transformaciones, desde lo emocional es saber que hay que generar otros aprendizajes, otras relaciones, cambiar de espacios y hasta de pensamientos e imaginarios frente a la vida misma.

Aprender a vivir sin los seres queridos es uno de los aprendizajes más difíciles por las que pueda pasar un ser humano, máxime cuando la muerte ocurre como consecuencia de una tragedia, por lo tanto se hace necesario tener un adecuado soporte emocional y una red de apoyo que ayude a la adaptación de la dolorosa realidad.

Lo anterior significa entonces, que el transitar por el camino del duelo, es poco a poco dar comienzo a tareas de autocuidado físico, emocional y espiritual, es de igual manera entender que con la muerte no se acaba el amor, ni se llega al olvido, hay una transformación de las relaciones y de los vínculos afectivos.

En este sentido los rituales tienen un papel importante en la elaboración de los duelos, en tanto convocan a los vivos en actos simbólicos que permitan hacer catarsis, consolar y aliviar el dolor de la pérdida a partir de nuevos significados, homenajeando y manteniendo la memoria de los seres queridos que han fallecido.

De igual manera expresar gratitud por la historia compartida y realizar gestos de perdón son pasos importantes en la elaboración de los duelos, estas tareas ayudan a dejar más liviano el equipaje emocional. Finalmente, esta tragedia en la ciudad y tantas muertes, nos puede invitar a reflexionar acerca de los asuntos pendientes que tal vez tenemos con los seres queridos y con nosotros mismos. La muerte no avisa, no sabemos cuando es el momento, ni cómo, así que seguro hay muchas tareas por hacer.

Decía a propósito de la muerte la Psiquiatra Elisabeth Kubler Ross: “Cuando hemos realizado la tarea que hemos venido a hacer en la tierra, se nos permite abandonar nuestro cuerpo, que aprisiona nuestra alma, al igual que el capullo de seda encierra a la futura mariposa. Llegado el momento, podemos marcharnos y vernos libres de dolor, de los temores y preocupaciones, libres como un bellísima mariposa y regresamos a nuestro hogar, a Dios.”

Psicóloga: fannybernalorozco@hotmail.com

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